martes, 14 de marzo de 2017

Lee Destinos cautivos

Tampoco Elena estaba tan tranquila como aparentaba, por mucho que intentara dar la imagen de mujer mundana que estaba de vuelta de todo. Muy al contrario, tras sus párpados cerrados no dejaba de aparecérsele Diego envuelto en la toalla. ¿Cómo era posible que el cuerpo de su marido fuese tan hermoso? Mil alfileres le punzaban las palmas de las manos porque todas las fibras de su ser le urgían a tocar su piel, a enredar sus dedos en la suave línea de ensortijado vello del color del bronce que formaba una T entre sus tetillas, deslizándose pecaminosamente por su estómago hasta perderse bajo el lino que le cubría las caderas.

El vaho humedecía el cabello de Elena ocasionando que algunas hebras doradas le cayeran sobre el rostro y los hombros. Retiró un mechón con gesto lánguido, a la vez que se enjuagaba con la punta de la lengua las gotitas de humedad que se le habían formado en los labios. El gesto, completamente inocente, provocó sin embargo que la ya notable excitación de Diego aumentara, haciéndole removerse.

Por unos minutos, permanecieron así, callados, absorbiendo el calor húmedo que cubría sus cuerpos. Cada uno dolorosamente consciente de la cercanía del otro. Cada uno intentando aplacar su naturaleza alterada. Al cabo de un rato, el vaho se fue diluyendo hasta desaparecer.

Elena abrió los ojos y se encontró con la mano tendida de Diego, de pie frente a ella, tan cerca que con solo alargar la suya hubiera podido arrancar la condenada toalla que cubría su masculinidad. Parpadeó, percibiendo que se sonrojaba por dejar ir tan lejos su pensamiento.

—Ahora viene el baño.

—¿Qué?

—Hay que meterse en el agua, señora mía —dijo él con una sonrisa que más pareció la mueca de alguien que pena consigo mismo.