lunes, 6 de marzo de 2017

Lee Alma vikinga

«Pero no todos los enemigos les temían de igual modo y algunos, guiados por la fe, se enfrentaron a ellos...»

—¡Vikingos! — El rostro del hombre se tornó ceniciento escuchando las malas nuevas de sus oteadores—. ¡Malditos hijos de perra!

Durante los últimos meses las costas inglesas se habían visto amenazadas una y otra vez por aquellos navegantes audaces y fieros, partidarios de Canuto el Grande, que no mostraban una pizca de misericordia para quienes se enfrentaban a ellos. Pero hasta entonces solo se había tratado de escaramuzas aisladas aprovechando la bonanza del verano. Ahora, sin embargo, debido a su número, su llegaba indicaba que se trataba de una invasión en firme. De haber estado unidos todos los reinos anglosajones no hubiera sido difícil hacerles frente, pero no era el caso e, independientemente, ninguno se encontraba en situación de repeler una agresión en toda regla. Moora, menos que nadie.

—Están a unas treinta leguas, mi señor, tal vez algo menos. Han tomado varias aldeas de la costa, desde Northum hasta Post — anunció uno de sus centinelas.

A la derecha de Zollak, gobernador de aquella parte de la isla, una muchacha de larga cabellera negra como ala de cuervo se puso en movimiento. Se ató el pelo en una cola de caballo y tomó su casco. Zollak la observó sintiendo que se le formaba un nudo en la boca del estómago porque, bajo la fiera apariencia que le confería el uniforme de soldado no había sino una muchacha: su hija. El amargo sabor del miedo se alojó en el alma del anciano.

—No irás en esta ocasión — le dijo.

Aquellos ojos grandes y azules le miraron de frente. Una y otra vez, cada vez que su pequeño mundo había sido atacado por condados rivales, Sayka se había puesto al frente de las tropas. Incluso en una oportunidad se enfrentó a los bárbaros llegados del norte, codo a codo con otros dos ejércitos. Ahora, era distinto. Muy distinto.

—No podemos permitir que arrasen nuestra tierra otra vez, padre — argumentó ella calándose el casco y enfundando la espada a su cadera.

—Deja las armas para los varones, Sayka.

—Entiendo tu preocupación — le sonrió ella tomando su rostro entre sus manos. Unas manos delicadas pero fuertes, capaces de soportar el peso de un arma—, pero he de ir. Tú no puedes luchar, y Seynne es demasiado pequeño para hacerlo en tu nombre.

—Seldorff podría ponerse al mando de nuestros soldados. Es joven, fuerte, decidido... Llegado ese punto la muchacha hizo señas a los hombres que les acompañaban para que les dejasen a solas. Una vez que la puerta se cerró se volvió hacia su padre.

—Y ambicioso — dijo ella con un rictus amargo—. Si estuviese al frente de nuestros bravos hombres tardarías muy poco en perder tu sitial.

—No le juzgues tan duramente, no deja de ser tu primo, sangre de tu sangre.

—Le juzgo por los hechos. No puedo negar sus cualidades como soldado, pero me temo que entre ellas no está la de la lealtad.

—¡Sayka!

—¿Cuánto tardaría en volver a los hombres en tu contra? ¿Cuánto en apoderarse de todo? — Se paseó de un lado a otro de la estancia con las manos a la espalda, sin disimular su irritación—. Prefiero que, de momento, siga siendo solamente uno de nuestros lugartenientes.

—Pueden matarte. Esos vikingos tienen ganada fama de sanguinarios, tú lo sabes y yo lo sé, te has enfrentado a ellos en una ocasión. Ya has escuchado lo que decía Wavar, recapacita por tanto. Han tomado algunas aldeas, posiblemente habrán pasado a unos cuantos a cuchillo y saqueado las iglesias... Otros lo hicieron antes.

—Con mayor motivo para hacerles frente. Te aseguro que estos que vienen ahora pagarán por todos.

Sin dejar que Zollak volviese a insistir sobre el asunto salió del salón con la cabeza erguida, indómita como siempre, dejando al anciano con el desagradable regusto de haber fracasado en su empeño de alejarla del peligro, una vez más. Ni su adorada Beatriz, muerta hacía ya demasiado tiempo, ni él mismo habían conseguido nunca doblegar el fuerte carácter de la muchacha.