miércoles, 13 de agosto de 2008

Lo que dure la eternidad ©


SINOPSIS:


En el castillo de Killmarnock se avecina una horrible tragedia. Augustus, el señor del castillo, debe proteger su gran secreto frente al enemigo, como sus antepasados han hecho a lo largo de la historia. Una importante reliquia sagrada está en poder de su familia desde los tiempos de Jesucristo, y su deber es ocultarla para que no caiga en malas manos.
La fatalidad hace que Killmarnock sea atacado cuando su hijo, junto con sus mejores hombres, se encuentran ausentes. Él no puede hacer más que esconder la reliquia en un lugar seguro y tratar de sobrevivir a la batalla luchando con todas sus fuerzas.
Cuando Dargo, el hijo mayor de Augustus, llega a sus tierras, encuentra a su padre moribundo y le culpa de lo ocurrido por no haber estado allí para defenderlos. Con el alma rota, Augustus maldice a su hijo a vagar eternamente por los muros del castillo hasta que consiga encontrar la reliquia en el lugar donde él la ha escondido, y su alma consiga descansar en paz.
Han pasado 400 años, Cristina es una tasadora de arte que es llamada por el dueño del castillo de Killmarnock para tasar algunas de sus más preciadas posesiones. No se lo piensa dos veces y emprende el viaje hacia tierras lejanas, y así escapa de la rutina de su aburrida vida.
Cristina queda fascinada desde el primer momento por el castillo de Killmarnock y por su gente. Ella es una mujer práctica e independiente que no cree en tonterías sobre fantasmas… y se ríe ante las “leyendas” absurdas que cuentan que en el castillo hay un fantasma. Pero a medida que su estancia en el castillo se alarga, va descubriendo que la leyenda es… real. Y más cuando se encuentra de cara con el fantasma de Dargo...


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Capítulo 1

Irlanda. 22 de diciembre de 1535
Los relámpagos habían estado azotando el cielo en tinieblas, anunciando una lluvia torrencial que finalmente se abatió sobre la campiña irlandesa, cubriendo con su manto frío las oscuras piedras del castillo de Killmarnock.
Se trataba de una premonición. Porque ésa no era una noche más.
Eso al menos pensaba Augustus.
Apoyado en el arco que bordeaba la ventana de su dormitorio, en la torre norte, estremecido por el frío del muro, se esforzó para ver a través de la intensa lluvia. Fuera, todo era oscuridad, salvo cuando los rayos rasgaban la noche, alumbrando por unos segundos los contornos de torreones y murallas. Desde esa posición, en los días claros podía recrearse en la visión de la enorme extensión de su feudo, en los distintos tonos de ocre, verde y rojo del bosque habitado por pinos, eucaliptos y robles, y en la fértil campiña, salpicada de casas con techos de paja. En el poniente relucía el zigzagueante curso del río Barrow y, a lo lejos, se vislumbraban las estribaciones de los montes Wicklow.
Aquella noche Augustus tenía la impresión de que todo había desaparecido y se encontraba solo en el mundo. Escudriñó la noche, mientras el frío calaba sin piedad sus cansados huesos. Por fortuna, hombres y bestias estaban a buen recaudo dentro de los muros del castillo. Todo parecía en calma, pero él sabía que no era así. Algo se agitaba en su interior.
Intuía que aquella noche no sería como otras, en las que familia, soldados y sirvientes se reunían en el gran salón para comer irish stew y beber la oscura cerveza del país, mientras charlaban sobre los acontecimientos del día. Cuando los truenos dejaban de retumbar, le llegaban desde abajo las voces de algunos de sus soldados bromeando. Parecía ser el único que percibía en el aire, como si de un humo invisible se tratara, la fatalidad que estaba atada a aquella fecha.
Se apartó de la ventana y rezó en silencio, mientras paseaba los fatigados y enrojecidos ojos por cada rincón de la habitación, posándolos en cada objeto querido, con un ruego mudo que intentaba ahuyentar el temor que le roía. No le asustaba la muerte, al menos la propia.
No le habría importado que su vida terminara aquella infausta y lluviosa noche de 1535. Si hacía balance de su paso por este mundo, había cumplido su cometido y podía irse tranquilo a rendir cuentas al Altísimo de sus buenas y malas obras (seguramente, más de las segundas, pensó con ironía). Había heredado de su padre un condado no demasiado importante y, con esfuerzo, había acumulado más tierras, reses y arrendatarios, y más fortuna y poder que ninguno de los antepasados que ostentaron el título. Su simiente había dado tres hijos, dos varones y una hembra. Eran su orgullo. Suyo y de su esposa, su adorada y añorada esposa. Hacía solamente dos años, la dulce Fionna, la mujer a la que se había visto unido por obligación, empujado por un contrato matrimonial acordado desde el nacimiento de ella, había fallecido. La primera vez que la vio, le pareció una criatura sosa y taciturna, pero luego resultó ser una mujer vivaz, capaz de enfrentarse a todo y a todos por el bien de su familia, una mujer a la que llegó a amar más que a su propia vida.
Augustus aún recordaba con dolor el momento en que acudió a su lado, cuando ella lo llamó desde su lecho de muerte. Durante los últimos meses de su enfermedad no había querido que la visitase con frecuencia. No deseaba que viese su rostro pálido, sus ojos apagados, su esquelética figura. La enfermedad había ido destruyendo poco a poco su cuerpo. Cuando se declaró el mal, Augustus pidió la ayuda de los maestros druidas, aquellos que le habían enseñado a Fionna las artes de la adivinación y las curas del cuerpo y del alma, pero ni siquiera ellos pudieron evitar lo inevitable. El conocimiento de aquellos a quienes llamaban hombres sabios no incluía burlar la cita con el Más Allá.
Aquella amarga noche, Augustus se acercó al lecho de su esposa con el corazón encogido y los ojos enrojecidos por el llanto. Su propia habitación no podía ser más austera, pero la de Fionna era confortable y acogedora; varios hermosos tapices cubrían los fríos muros para evitar que el calor de la chimenea y los braseros escapase por entre las rendijas. Había arcones bellamente labrados, y el suelo estaba cubierto de mullidas alfombras y cojines de colores, colocados con un gusto tan exquisito que invitaba a acomodarse sobre ellos. Sin embargo, esa noche, presa de la angustia, Augustus se acercó a la cabecera de la cama tratando de disimular la congoja, tomó entre sus encallecidas manos de guerrero las de su esposa, blancas como la cera, y se llevó los dedos a los labios, uno a uno.
—Amada mía —musitó.
Fionna lo miró con inmenso afecto. Aunque el dolor la tenía postrada, todavía era capaz de sonreírle. Su esposo y señor. El hombre más guapo del mundo según ella, el más gallardo y gentil, el más valeroso. El mejor amante. Su sola presencia la reconfortaba, pero ya no tenía fuerzas para seguir luchando contra la muerte, que estaba llamando a su puerta.
—Mi amor —susurró—, quiero irme ya.
El conde de Killmar se estremeció y la miró a los ojos.Hundida entre las cobijas, vestida con aquel camisón blanco cerrado hasta el cuello que él le había regalado por su último cumpleaños, con el cabello suelto esparcido sobre los almohadones bordados, era la viva imagen de la fragilidad y la indefensión.
—Faltan tres días para la celebración del nacimiento del Mesías, mi vida —dijo él con visible esfuerzo—, y es tu preferida. Además, prometiste que volverías conmigo a los acantilados de Moher.
—Mi cuerpo está agotado —dijo ella con un hilo de voz.
—Y debes descansar.
—Sí. Debo descansar. —Fionna suspiró—. Por eso he de irme, Augus. Mi tiempo se ha cumplido.
Apretando los dientes para no llorar, el conde acarició el rostro de su mujer, hermoso en otro tiempo. Sabía que ella se le escapaba, que no era humano intentar retenerla por más tiempo entre los vivos, que sufría y deseaba descansar por fin. Pero se resistía a permitir que lo abandonara. Ella era su vida, su corazón, y ¿qué podía hacer un hombre si le arrancaban el corazón? Siempre se había dicho que cuando los Killmar entregaban su amor, era para siempre. La amaba. Estaba dispuesto a morir en su lugar. Pero sabía que no era posible, que carecía de ese poder. Se rebelaba ante los acontecimientos, aunque tenía que aceptarlos. La angustia le oprimía la garganta y un sudor frío bañaba su nuca. A su espalda oyó el apagado sollozo de una de las criadas, pendiente de los últimos deseos de su señora.
—Me sentiré muy solo sin ti, amor mío —dijo el conde, y se le quebró la voz.
Fionna levantó el brazo con esfuerzo para acariciarle el mentón, áspero por la barba de varios días.
—No tendrás mucho tiempo para aburrirte mientras cuidas de los tres potrillos. Debes ser làidir, muy fuerte, mi amor.
Al oír aquellas palabras Augustus se estremeció. Ciertamente, cuidar de sus dos hijos varones y de la pequeña Shannon no iba a ser tarea fácil. Lian tenía diecinueve años recién cumplidos y era un joven estudioso, amante de los idiomas y siempre enfrascado en alguna traducción o en sus pinturas, retraído y negado para el manejo de las armas, lo que irritaba a Augustus y divertía a Fionna. Su hija, de doce años, prometía ser una beldad, pero por el momento era un verdadero diablillo que sacaba de quicio a la servidumbre con sus travesuras, aprendidas y apoyadas por el que, verdaderamente, resultaba el mayor problema para el conde: su hijo mayor y heredero, Dargo. Se había convertido en un auténtico calavera, y a sus veinticinco años había pasado ya por tantas camas irlandesas, escocesas e inglesas que había perdido la cuenta.
Dargo se obstinaba en permanecer soltero, aunque casarse y tener descendencia era su obligación como heredero del condado. A pesar de las innumerables ocasiones en que hablaron de ello, Augus había sido incapaz de obligarlo a enderezar el rumbo. Era su mano derecha, dirigía a los hombres férreamente y, al mismo tiempo, con respeto. Nunca les pedía nada que él no estuviese en disposición de llevar a cabo, y la mayor parte de las veces pasaba por alto las faltas leves. Era un líder nato que había heredado parte de los conocimientos de su madre, a quien todos apodaban la Druidesa, y sus hombres habrían ido de cabeza al infierno si él se lo hubiese pedido. El mismo infierno de donde seguramente había salido.
Dargo era el único de la familia que había heredado los rasgos de Harber, el bisabuelo: el cabello negro como la noche y los ojos verdes como los lagos de Irlanda, mientras que los demás tenían el pelo claro, herencia inequívoca de sus antepasados vikingos. Su piel morena contrastaba con la de sus hermanos. A veces, cuando reñían, Augus acababa preguntándose en voz alta si no se lo habrían cambiado al nacer, y el joven festejaba la broma. Para Fionna siempre había sido su preferido.
Sí, entre intentar encauzar a Dargo, hacer un hombre de Lian y buscar marido para Shannon, no iba a tener tiempo de aburrirse.
Fionna cerró los ojos y suspiró, exhausta. Un leve siseo escapó de sus labios, como un presagio final. Su voz, muy débil, apenas se oía ya.
—Te esperaré en el Otro Lado, Augus —musitó—. Cuida de nuestros hijos.
—Fionna...
Ella ya no podía oírlo.
Se había quedado definitivamente dormida, con una leve sonrisa en los labios. Por un momento el chisporroteo de los leños y las piñas que se consumían en el fuego de la chimenea fue el único sonido en la habitación. Hasta el sollozo de las criadas quedó en suspenso.
Al conde le pareció que entonces comenzaba una extraña transfiguración. La piel cerúlea de Fionna se tornó sonrosada, tersa y hermosa. Su cabello, adherido al cráneo por la fiebre, cobró volumen, como si flotara sobre sus hombros. Aquel olor acre que inundara la habitación, olor a enfermedad y muerte, desapareció, sustituido por el tibio aroma de flores y de hierba recientemente cortada que siempre reinaba en la estancia cuando vivía su ocupante. Anonadado por el cambio, como si la Muerte hubiera querido ser generosa con ella, Augus se arrodilló junto a la cama. Entonces sí se dejó oír el llanto desconsolado de la servidumbre.
Y Augustus sonrió.
El conde de Killmar sonrió a su pesar, mientras contemplaba el rostro de su esposa. Supo que ella estaba donde quería, que había alcanzado el descanso, liberada para siempre del sufrimiento del cuerpo. Sintió, o imaginó, que apoyaba en su hombro una mano pequeña, cuidada y cálida, animándolo a seguir.
Se inclinó y besó los labios amados.
Luego, sin volver la vista atrás, abandonó la habitación.


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De eso hacía tanto tiempo que parecían siglos. Los días se convirtieron en horas inacabables, en las que la ausencia de Fionna lo llenaba todo de desolación. Aun ahora, después de los años pasados, la sentía a su lado mientras cabalgaba, comía o dormía, mientras observaba con adoración cada adorno de la alcoba que había convertido en propia tras su muerte, con la esperanza de sentirla más cerca. Era un cuarto demasiado femenino, poco adecuado para un guerrero curtido como él, pero se convirtió en su mundo, su refugio y su santuario. Las alfombras y cojines bordados por Fionna, sus tarritos de perfume, sus peines —aún conservaban alguno de sus cabellos—, le ayudaban a redescubrir, día a día, la delicadeza de su mujer, en pequeños detalles que antes apenas si habían captado su atención. Con seguridad se estaba volviendo viejo, pensó con ironía. Posiblemente fuese una obsesión, pero a veces, cuando despertaba, la almohada en que ella apoyaba la cabeza le parecía que todavía guardaba la forma de ésta, y Augus se hacía la ilusión de haberla tenido junto a sí aquella noche, velando su sueño. Aún olía su perfume en cada prenda pulcramente doblada y guardada en los arcones; oía su risa suave o, cuando se asomaba a la ventana al caer el sol, le parecía verla caminar por las almenas del castillo, con el cabello ondeando al viento, rojo como las nubes del atardecer.
Su ensoñación y su añoranza desaparecieron de inmediato, cuando un sonido distante y apagado captó su atención.
Eran cascos de caballo que retumbaban sobre el suelo de piedra de la barbacana. ¡De muchos caballos!
Sus orificios nasales se dilataron, como los de un perro de caza al olisquear la presa.
¡Se acercaban!
Lo temía desde hacía meses, por eso había instado a Dargo a regresar antes de que comenzara la semana, acompañado por el nutrido grupo de hombres que el joven se había llevado como escolta.
Pero Dargo no había regresado. Un mensajero le había llevado a Augus la noticia de que el condenado muchacho se retrasaría al menos una semana. Al parecer, estaba enamoriscado de una dama.
Augustus envió al mensajero de vuelta con cajas destempladas y una nota para su hijo ordenándole que regresara de inmediato. Dargo debía de estar a punto de llegar, pero los que venían por él se habían adelantado, y Killmarnock no tenía, en esos momentos, soldados suficientes para su defensa. El castillo era una fortaleza, sí, pero incluso las fortalezas mejor dotadas necesitan de brazos armados para rechazar un ataque.
Con paso vivo, Augustus cruzó la estancia y abrió la puerta. La capa que lo cubría ondeó tras él.
—¡Vernon!
Su mayordomo se presentó como una aparición. Siempre leal, siempre atento a su llamada.
—Mi señor.
—Reúne a los hombres. ¡A todos! En el salón —urgió—. Date prisa, Vernon, tenemos muy poco tiempo.
Vernon no hizo preguntas, sino que salió a la carrera, evidenciando aún más la cojera que lo aquejaba.
El conde regresó al interior, abrió el arcón ubicado a los pies del enorme lecho y sacó con cuidado una pequeña urna de madera de sándalo, bellamente trabajada con vetas de oro e incrustada de zafiros y esmeraldas. Recordó el día en que le entregaron la urna y Fionna y él guardaron allí su precioso contenido, llenos de gozo y de fe. La abrió lentamente, con reverencia. Dentro, una fina tela, entretejida con hilos de oro y plata, protegía el tesoro más preciado de la familia: una reliquia que obraba en poder de los Killmar desde tiempos inmemoriales. Con cuidado, desenvolvió la tela y acarició aquella sandalia vieja, de cuero burdo, desgastada por el uso y los años. Era la sandalia del Pescador. La sandalia del mismísimo hijo de Dios, recogida por José de Arimatea cuando, camino del Calvario, Jesucristo la perdió en una de sus caídas, agobiado por el peso de la cruz y agotado por el tormento a que lo sometían.
Después de enterrar a Jesús y de la resurrección de éste, María Magdalena, Juan y José de Arimatea habían salido de Palestina con destino al sureste de Francia. Allí se instalaron y se dedicaron a propagar la doctrina del Salvador. Según una leyenda, al cabo de un tiempo José emprendió viaje con el fin de evangelizar a otros pueblos y, en su largo recorrido, había llegado a Irlanda, para acabar allí sus días.
Los Killmar eran guardianes de esa reliquia desde hacía siglos. Había pasado de padres a hijos y se veneraba todos los años, en la conmemoración del nacimiento del Mesías. Faltaban tres días para esa fecha.
Augustus sabía que era precisamente aquel objeto sagrado lo que buscaba afanosamente su peor enemigo, James de Hibern. No podía permitir que la sandalia cayera en sus manos, o todos los antepasados Killmar se revolverían en sus tumbas.
Envolvió de nuevo la sandalia con cuidado, la introdujo en la urna, cerró ésta y la dejó a un lado. Las piedras preciosas refulgían en la penumbra de la estancia.
A continuación, abrió un arcón pequeño que estaba bajo una de las ventanas y sacó pergamino, tintero y pluma. Apoyado en el mismo arcón garabateó unas líneas. Sopló sobre el pergamino, derramó un poco de polvo secante, lo enrolló con cuidado y lo ató con un sedal, para acabar guardándolo todo de nuevo. Miró la caja de sándalo y pensó con rapidez. Sabía dónde debía esconderla para que nunca la encontrasen, para que sólo pudiera hallarla quien de verdad fuera merecedor de ella. Apretándola contra su pecho, se acercó para echar un vistazo por la ventana. Asombrado, observó que el puente levadizo estaba bajando y un numeroso grupo de jinetes se disponía a cruzarlo y penetrar en la fortaleza. ¡Alguien les estaba ayudando desde el interior! Nunca pensó que albergara un traidor bajo su techo, pero ya no le cupo duda. Y era demasiado tarde.
Salió de la estancia y bajó corriendo los angostos escalones de la torre, hacia la galería que la conectaba con el resto del castillo. Momentos después llegaba a la pequeña capilla. Criados y soldados corrían de un lado a otro, en medio de la prisa y la confusión, conscientes sin duda del peligro que los acechaba.
La puerta de la capilla golpeó contra el muro de piedra cuando la empujó. Fuera, los atacantes acababan de tomar la plaza de armas. Atravesó el recinto sagrado a grandes zancadas, en dirección a la cripta donde descansaban los restos de sus antepasados y su amada esposa. Las llamas de los cirios encendidos sobre el pequeño altar titilaron, alargando las sombras. Augustus no reparó en lo que lo rodeaba y ni siquiera hizo una genuflexión al pasar por delante del altar para tomar uno de los candelabros. Los rostros santos de las pinturas que colgaban de los muros lo persiguieron como sombras mientras el eco de sus botas resonaba sobre el desgastado pavimento. Abrió la puerta de la cripta, que rechinó, y bajó deprisa los escalones, apretando con fuerza la urna contra su pecho, donde el corazón latía desbocado.
Por unos instantes, quedó sin aliento al ver de nuevo a Fionna allí, delante de él, hermosa, elegante y delicada, tan real que estremecía el alma contemplarla. Como el loco enamorado que era, había mandado esculpir una estatua a su imagen y semejanza sobre el sarcófago que guardaba sus restos. Se trataba de una verdadera obra de arte, encargada a un artesano de renombre que hizo venir desde Dunganvan, y era tan perfecta que parecía real. El rostro de Fionna era sublime, su cabello hermoso, su talle estrecho, su falda surcada de mil y un pliegues. Sus pequeños pies pisaban ahora flores de piedra... Resultaba casi irreverente mirarla, en su posición vertical, al contrario de las esculturas habituales en las sepulturas, siempre yacentes y con los ojos cerrados.
—Pronto, mi amor... —murmuró Augustus—. Muy pronto estaremos juntos.
Depositó la urna a los pies de la escultura y se irguió para acariciar el frío mármol. Luego, inclinándose, rezó con toda la devoción que sus antepasados le inculcaran desde niño. No pudo precisar el tiempo transcurrido en la cripta, pero ruidos sordos de lucha, cada vez más cercanos, lo arrancaron del trance.
Desde el salón llegaba el sonido de gritos, blasfemias y gemidos de dolor.
Con movimientos presurosos escondió la reliquia y, como un demente, salió de la cripta y subió los escalones de tres en tres, espada en mano.
Al volver a pisar el suelo de la capilla sintió un vahído, pero se repuso de inmediato. Cerró la puerta de aquel lugar de sosiego y cruzó el recinto mientras los ayes de dolor procedentes del gran salón se clavaban en su corazón: sus hombres y sus criados estaban muriendo.
Sus soldados, apenas veinte, se batían con fiereza contra los hombres de De Hibern. Algunos de los seguidores de su enemigo perseguían a las mujeres, que trataban de escapar entre aullidos de terror. Las mesas donde se servía la cena estaban volcadas, y el suelo cubierto de platos rotos, vasos de peltre y comida. Uno de los tapices, alcanzado por alguna brasa de la chimenea, empezaba a arder. Augus vio a su hijo Lian, que siempre había odiado las armas, luchando contra uno de aquellos embravecidos soldados, en franca desventaja.
Sin vacilar ni por un instante, Augustus Killmar se unió al combate, un combate cruel, salvaje y desigual.
Sus pocos hombres no podían contra los más de cincuenta que mandaba De Hibern y, en escasos instantes, entre lamentos y estertores de muerte, fueron cayendo, sembrando el salón de cadáveres.
Augustus vio morir a su hijo, con la garganta cercenada por el filo de una espada enemiga. Con el alma destrozada continuó luchando, maldiciendo sus brazos por haber dejado de ser jóvenes y cansarse de soportar el peso de la enorme espada de guerra. Consiguió infligir a su rival un corte en el brazo, pero un fiero y certero mandoble súbitamente lo desarmó.
Al acabar la lucha, sólo quedaban tres de sus hombres vivos, aunque malheridos. Las criadas, acorraladas con facilidad por los soldados de De Hibern, habían sido violadas y golpeadas.
El enemigo de Augustus lo miró con gesto torvo y una expresión cargada de desprecio, embriagado por aquella orgía sangrienta.
—La reliquia —exigió.
El conde escupió al suelo. Habría dado cualquier cosa por recuperar su juventud y asestarle un golpe mortal a aquel engendro del demonio para rajarle el cuello y borrar esa sonrisa falsa de su rostro moreno, hirsuto y sucio de sangre.
James de Hibern se encogió de hombros. No tenía la menor duda de que se llevaría lo que había ido a buscar. El medallón que le pendía sobre el pecho destelló por un instante.
—Traed a la muchacha —ordenó.
Uno de los soldados arrastró por el cabello a una chiquilla, y Augus sintió que se le detenía el corazón al ver a su hija. A la pequeña, siempre tan pulcra, le colgaba la manga casi arrancada del vestido, y lo que había sido una hermosa y cuidada cabellera rubia estaba hecha un revoltijo de guedejas enredadas. Su carita era el vivo retrato del horror.
—La reliquia, Killmar —exigió de nuevo De Hibern.
Augus inspiró con fuerza. Los ojos le escocían al contener el llanto por tanta muerte e ignominia. Clavó en él los ojos con fiereza y guardó silencio. Era consciente de que aunque entregara la sagrada sandalia, De Hibern los mataría a todos sin dudarlo. El corazón de aquel bastardo era tan negro como sus ropas, teñidas ahora de sangre inocente. ¡Augustus nunca cedería el tesoro que su familia había protegido durante generaciones! Morirían con la última satisfacción que les quedaba: la de no entregar la posesión más preciada de los Killmar a aquel despiadado asesino.
Ante su silencio, James de Hibern hizo una señal a sus hombres, y dos de ellos aferraron a Shannon del cabello y la zarandearon sin piedad.
—¡Nooo! ¡Padre, no lo permitas! ¡¡¡Padre!!!
Augustus reaccionó ante los gritos de horror y repulsión de la muchacha. Se agachó para empuñar de nuevo su espada y defender el honor y la virtud de su hija, pero notó el filo helado del arma de De Hibern en el cuello.
—La reliquia, Augustus, y ella no sufrirá daño alguno.
El conde se permitió una respuesta cargada de desprecio.
—No te creo. Eres un ser abominable, mezquino y ambicioso. Un rufián insignificante. Te entregue o no la reliquia acabarás con todos nosotros.
—¡Pero lo haré de forma rápida! —se impacientó De Hibern—. Os degollaré de un solo golpe, como a tu hijo —añadió con sorna, señalando con la cabeza el cadáver de Lian, a sus pies—. Un tajo y todo habrá acabado. De lo contrario, vas a ver con tus propios ojos cómo violan a tu hija todos y cada uno de mis hombres. ¡Uno por uno!
—¡Padre, por favor! —imploró Shannon.
El conde de Killmarnock permaneció en silencio, sintiendo en la carne el dolor de su hija, su miedo y su vergüenza.
Los soldados acabaron por desnudar el pequeño y blanco cuerpo de Shannon y la tendieron sobre las ensangrentadas baldosas, mientras ahogaban los gritos desgarradores con risotadas soeces.
Augustus no pudo evitar derramar lágrimas ante tan pavoroso espectáculo, mientras su hija clamaba por una ayuda que nunca llegaría. Uno a uno, los esbirros de De Hibern violaron aquella carne tibia y sensible, aplastando el pequeño cuerpo con sus embestidas brutales. Incapaz de soportar más infamia, vejación y dolor, ella pereció de súbito.
Augustus, llorando ya con espasmos incontrolables, se dejó caer de rodillas.
De Hibern soltó una blasfemia a voz en cuello y ordenó decapitar a los que quedaban con vida y prender fuego al castillo.
A Augustus ya nada le importaba. Por eso, cuando De Hibern se acercó a él, levantó la vista y lo miró bravamente a los ojos, aguardando y deseando la estocada final.
James de Hibern alzó la espada y devolvió, con verdadero odio, la mirada a su enemigo, aquel que había conseguido poder y dinero, castillos y descendencia. El hombre que se había desposado con la única mujer que él había deseado.
—¡Dargo nos vengará! —sentenció el conde al ver que el final se aproximaba.
—De ese bastardo me ocuparé más tarde —masculló James de Hibern.
La espada penetró en el cuerpo de Killmar atravesando carne, nervios y tendones. Augustus apenas sintió la estocada. Su cuerpo ya había muerto hacía rato, con la imagen de Lian y Shannon, que yacían en el suelo ensangrentado del salón como muñecos rotos, grabada en las retinas. Se encogió de todos modos, en un acto reflejo, llevándose las manos al vientre, por donde se le escapaba la vida. Al retirarlas, estaban cubiertas de sangre.
—¡Maldito seas! —susurró—. ¡La sangre inocente que has vertido no quedará impune! —prometió, antes de caer de lado con una terrible mueca de dolor.

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Amanecía sobre Irlanda. Dargo —al que apodaban el Lince—reía a carcajadas con la broma de uno de sus hombres, mientras ponía al galope su corcel, negro como el alma de un condenado. Como siempre, pedía todo lo que el caballo daba de sí cada vez que se acercaba a aquella colina de suaves pendientes que ahora, con la luz creciente, se revelaba verde y brillante. Más allá se divisaba el castillo de su padre, con sus dos enormes torres, sus almenas y sus pendones que ondeaban al viento. El cuerpo de Dargo parecía fundirse con los brillantes músculos de su caballo, estirándose y encogiéndose en pleno galope. Cabalgar a toda velocidad le producía un placer tal que no lo cambiaría por nada del mundo, ni siquiera por la más hermosa mujer.
—Bueno —se dijo entre dientes—, acaso por Gwendy.
Gwendy de Barstone era la joven que lo había retenido durante una semana en Nás na Rí, en el condado de Cill Dara. Una beldad capaz de dejar sin jugos a cualquier hombre. Tenía tres años más que él, había enviudado de su tercer esposo y poseía el cuerpo más fascinante que Dargo había tenido el placer de disfrutar. Una hembra que merecía cualquier sacrificio.
Al joven guerrero se le congeló el rostro cuando, al coronar la colina, distinguió Killmarnock envuelto en un reflejo rojizo. La sangre se detuvo en sus venas y un escalofrío le recorrió la espalda. La torre norte del castillo ardía y el fuego parecía extenderse con rapidez.
Dargo tiró tan fuerte de las riendas que el caballo corcoveó y relinchó en señal de protesta.
—¡Derry, William, Sean, Gandon! —bramó el joven—. ¡El castillo está siendo atacado!
Azuzó su montura dándole libertad de movimientos para que adquiriera mayor velocidad, sin esperar a los demás. Inclinado sobre las crines, rezó para que no hubiera ocurrido nada irremediable. Sus hombres lo siguieron. Si uno de sus enemigos lo hubiera visto en esos momentos se habría hecho a un lado sin dudarlo. Dargo parecía un demonio surgido del Averno. La cabellera negra, larga, suelta, se agitaba sobre la espalda; su capa oscura ondeaba tras él como las alas de un murciélago y el corcel corría desbocado como si lo persiguiera Satanás, levantando terrones de tierra mojada con sus cascos. El rostro atezado de Dargo reflejaba toda la furia que lo embargaba, mientras sus ojos parecían arder como dos brasas.
Cruzó la barbacana y el puente, abriéndose paso entre una nube de campesinos y labradores aterrados que se acercaban al castillo. Se apeó antes de que el animal frenase su alocada carrera en el patio de armas y corrió hacia la torre, que ya era una pira. El calor que desprendía le hizo dudar por un momento, pero luego se lanzó atravesando las llamas y gritando los nombres de los suyos, mientras esquivaba las vigas que caían y los cascotes que se desprendían de las paredes quemadas. Estaba claro que la torre había sido saqueada. Muebles volcados, lienzos desgarrados, vasijas destrozadas... Nada había quedado en pie.
Cuando el joven llegó al gran salón se tambaleó ante la espantosa escena. Cuerpos ensangrentados, miembros cercenados. Hombres y mujeres degollados sin misericordia. Se estremeció al oír que sus botas chapoteaban al pisar los charcos de sangre.
—¡Dios! —gimió, sin terminar de creer que todo aquello no era sólo una pesadilla.
Oyó las exclamaciones, blasfemias y gemidos de sus hombres, que lo seguían. Aturdido ante la horrenda visión, descubrió el cadáver de su hermano menor. Se agachó, tomó el cuerpo inerte y lo abrazó con los ojos arrasados en lágrimas.
—Lian, muchacho...
—¡Por el amor de Dios! —bramó su amigo Derry tras él—. ¡Hijos de puta!
Dargo depositó con cuidado el cuerpo de su hermano sobre las baldosas ensangrentadas y, con movimientos torpes, le colocó la cabeza de modo que pareciese que aún estaba unida a sus frágiles hombros. Cuando se enderezó, las mandíbulas le dolían por haberlas tenido ferozmente apretadas. Por sus venas había comenzado a correr un deseo inhumano de matar, y sus ojos, dos gemas verdes y brillantes, resplandecían de ira.
Derry y William se situaron rápidamente delante de un cuerpo caído en tanto él se acercaba intentando asimilar el desastre, tambaleándose como un beodo.
—Es mejor que no lo veas —dijo Derry, interponiéndose en su camino.
Dargo lo hizo a un lado de un empellón que no admitía discusiones y su mirada se clavó en el cuerpo desgarrado de su hermana. Sintió un mareo repentino y cayó de rodillas, incapaz de mantener en pie su enorme cuerpo. Cerró los ojos con fuerza. No quería ver. Aquello tenía que ser un mal sueño, un delirio. ¡No podía estar ocurriendo!
Cuando por fin reunió el valor suficiente para abrir de nuevo los ojos, la realidad volvió a golpearlo con fuerza. Shannon había sido violada de modo brutal. Estaba totalmente desnuda, tenía los labios manchados de sangre seca, y las mejillas, los hombros y los pechos incipientes cubiertos de mordiscos y cardenales. ¡Jesús, había tanta sangre que hubo de hacer un esfuerzo para no vomitar!
Mientras se quitaba la capa de los hombros y envolvía con devoción el cuerpo de su hermana pequeña, como si con ese gesto pudiera librarla de la humillación a la que la habían sometido, la mayoría de sus hombres había comenzado a formar grupos para apagar el incendio de la torre. Los campesinos acudieron al ver las llamas, y ahora, fuera y dentro del castillo, un verdadero ejército de hombres y mujeres cargados con cubos y baldes de agua se afanaba contra las llamas.
Dargo levantó en brazos el cadáver de Shannon y, parpadeando con rapidez para ahuyentar las lágrimas, caminó como un sonámbulo hacia el exterior.
—Dargo...
De pronto, la agónica voz de su padre lo hizo girar en redondo. Dargo lo buscó frenéticamente con la mirada entre el amasijo de cuerpos caídos y decapitados. Augustus Killmar yacía de costado, con el vientre y las manos bañados en sangre.
Sin soltar el cuerpo de su hermana, Dargo se acercó a él y se arrodilló a su lado. Su padre tenía el rostro ceniciento, y el joven supo que su vida se estaba apagando rápidamente.
—Padre... —susurró Dargo dolorosamente—. Padre, ¿quién ha hecho esto?
El conde se esforzó por abrir los ojos y enfocar el rostro de su heredero. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, se incorporó a medias apoyándose sobre un codo y espetó:
—¡Tú! ¡Tú lo has hecho!
Dargo dio un respingo como si lo hubiesen abofeteado.
—Padre...
—Tendrías que haber... estado aquí... —siguió Augus con un esfuerzo indecible, mientras un hilo de sangre corría por la comisura de sus labios—. Tendrías que... haber... estado aquí.
—No sabía...
—Te maldigo, Dargo. —Augustus tosió, escupiendo sangre—. Yo... te maldigo.
El joven depositó el cuerpo de su hermana a un lado con delicadeza, y tomó el de su padre por las axilas, abrazándolo contra su pecho. Las lágrimas resbalaron por su rostro a torrentes, mientras sentía que la vida de Augustus se apagaba con cada estertor.
—Vagarás por entre estos... muros... —continuó éste entrecortadamente—, hasta que... encuentres... la reliquia... —Un nuevo acceso de tos lo hizo enmudecer. Quiso apartarse de Dargo, pero éste lo abrazó con más fuerza, como si quisiera transmitirle algo de su vitalidad. Pudo hablar de nuevo, aunque el joven hubo de colocar el oído cerca de su boca—. Hasta que el... firmamento... alumbre... la reliquia... y alguien ofrezca... su vida... por ti.
Dargo apretó las mandíbulas. Su madre le había enseñado a no tomar las maldiciones a broma, pero estaba tan abatido por el dolor que apenas le importó ser objeto de ellas.
—Padre, aguanta un poco más. Maldíceme cuanto quieras, pero aguanta. Buscaremos ayuda. ¡Aguanta, por Dios, no me dejes tú también!
Con un postrero esfuerzo, el conde de Killmar fijó la mirada en su hijo y repitió:
—¡Yo te maldigo!
Después, sus ojos se velaron y él se ladeó, ya sin vida, sobre el fuerte brazo que lo sostenía.
Dargo profirió un grito de rebeldía contra Dios, tan ensordecedor que pareció chocar con los oscuros muros de la torre y resonó fuera del castillo, extendiéndose por la campiña y paralizando por un instante a campesinos y soldados.

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Capítulo 2


Dublín, Irlanda. Año 2004
Cristina se acomodó la correa del bolso sobre el hombro mientras observaba sus dos maletas avanzar sobre la cinta transportadora. El vuelo en Air Lingus resultó cómodo y corto, de apenas tres horas desde el momento del embarque y, afortunadamente, no le perdieron el equipaje como le había ocurrido en su último viaje a Bruselas. Manipuló su reloj para adecuarlo al horario local y empujó el carrito hasta situarse lo más próxima posible a la cinta. Por megafonía anunciaban la llegada del vuelo de París. El aeropuerto era un ir y venir de viajeros presurosos para tomar su vuelo o recoger su equipaje. Chiquillos que corrían entre los pasajeros, madres reprendiéndolos, gente cargada con bolsas de regalos. Cristina se sintió incómoda y deseosa de salir de allí. Cada vez odiaba más los viajes en avión, sobre todo desde que las medidas de seguridad habían convertido cada vuelo en una carrera de controles. Todo aquel trasiego de llegar con al menos una hora de antelación, facturar, esperar al embarque, pasar los detectores, soportar sentada en los estrechos asientos de la cabina hasta tomar pista, las prohibiciones de fumar... Para luego de un vuelo más o menos largo volver a empezar, pero a la inversa. Y nuevos paseos por pasillos interminables a través del aeropuerto para la recogida del equipaje. Y más esperas.
Cuando la primera de sus maletas se acercaba a ella, retorciéndose sobre la cinta como si quisiera escapar, se inclinó para recogerla. No le dio tiempo. Un brazo masculino se le adelantó, tomó el asa de la maleta y la levantó como si no pesase nada, aun cuando ella sabía que superaba los veinte kilos: al facturar en Barajas había tenido que pagar sobrepeso. Miró al hombre con interés y éste le devolvió una sonrisa de clínica odontológica y dientes esmaltados. Tenía un rostro tan encantador que Cristina no pudo por menos de responder con otra, mientras él colocaba la maleta en el carro. Luego, como si aquel gesto hubiera significado un permiso, se hizo cargo de la segunda para ponerla encima.
«Ligue seguro si lo quiero», pensó Cristina.
—¿Es la primera vez que viene a Dublín? —preguntó él.
Tenía una voz agradable y ligeramente ronca.
—Sí. Uno de esos destinos siempre deseados y nunca realizados —respondió ella en perfecto inglés.
—Sean Rosslare... —Le tendió una mano grande y morena.
—Cristina Ríos. —Ella se la estrechó, notando con agrado su vigor y apreciando el inmejorable Rólex de oro. Apreció el resto, valorando el costoso traje de lana que cubría aquel cuerpo firme y musculoso.
—¿Ríos? —Arqueó una ceja cobriza, como su cabello.
El brillo de sus ojos azules confirmó a Cristina que, en efecto, allí había un flirteo anunciado—. Habría jurado, por su aspecto, que era irlandesa... o escocesa.
—¿Por la falda y la gaita? —bromeó ella.
La risa ayudó a que se sintieran cómodos.
—¡Por Dios! Creo que ya nadie pone ese tipo de etiquetas.
De todos modos, su cabello y sus ojos...
—Herencia de mi abuela.
—Una mujer hermosa, seguramente —dijo él, galante—. ¿Me aceptaría un café?
«Directo al grano», pensó Cristina. Lo miró con más atención. Y se le escapó un suspiro. Aquel buen mozo era digno de una segunda y de una tercera ojeada, desde luego. Alto, sólido, formidable. Una maravilla. ¡Lástima no disponer de tiempo!
—Lamento tener que declinar su oferta, señor Rosslare, pero me están esperando. Ahora mismo voy a recoger un coche de alquiler.
—¡Vaya por Dios! —se lamentó él, con simulada contrariedad—. No todos los días puede uno contemplar una cara tan bonita. ¿Hacia dónde se dirige? se interesó, inclinándose para recoger su propia maleta.
Cristina empezó a empujar su carro una vez que él acabó de colocar en él su equipaje y contestó:
—Hacia el sur, al castillo de Killmarnock.
Él parpadeó un par de veces.
—Un lugar precioso. Y con leyenda. —Caminó a su lado, ambos con sus respectivos carros como si estuvieran en un hipermercado—. Es una pena que tenga una reunión de negocios dentro de un par de horas, de otro modo me encantaría mostrarle las maravillas de Irlanda. ¿Se quedará con nosotros muchos días?
—Aún no lo sé. Puede que una quincena.
—¿Por placer?
—Por trabajo —repuso ella mientras hacía malabarismos para no arrollar a un chiquillo que escapaba de otro mayor decidido a atizarle con una espada de plástico.
—¡Vaya! Parece que el trabajo nos persigue allá donde vamos. —Habían llegado al mostrador de alquiler de vehículos, donde, afortunadamente, no había nadie.
Cristina dejó el carro a un lado, se descolgó el bolso y sacó su identificación y los documentos de la reserva.
—¿Seguro que no necesita ayuda? —insistió él.
—Seguro. Gracias.
—Bien. Le deseo una feliz estancia en la Isla Verde. ¡Otra vez será! dijo, suspirando cómicamente—. No olvide tomarse una Guinness o un buen Jameson.
Ella volvió a estrechar su mano, le dio las gracias de nuevo y lamentó que se alejara. ¡Vaya mala suerte! Se volvió hacia el empleado del mostrador.
—Buenos días. Tengo reservado un Rover.
El empleado de la agencia fue rápido y eficaz, y al cabo de pocos minutos, Cristina Ríos Borrell, de veintiocho años, licenciada en letras y, de paso, especialista en pintura, avanzaba por la carretera que salía del aeropuerto y se dirigía hacia el sureste de la isla. Le habría gustado pasar unos días en Dublín antes de comenzar a trabajar, para conocer la ciudad, centro de la actividad política, cultural, económica y deportiva de la isla. Pero lo primero era lo primero, y el trabajo siempre ocupaba para ella ese puesto. Rechazó que fueran a recogerla al aeropuerto y prefirió alquilar un coche para preservar su independencia. La esperaban en Kilkenny. Ya tendría tiempo, cuando finalizara lo que había ido a hacer, para disfrutar de las bellezas de Dublín. Desde luego no tenía intenciones de salir de Irlanda sin conocer unos cuantos lugares de interés... y unos cuantos pubs.
El modelo de automóvil era lo bastante amplio para viajar cómodamente y lo bastante pequeño para moverse con facilidad por la isla.
Cristina desplegó el mapa en el asiento del copiloto sin dejar de mirar la carretera y, lanzando rápidas ojeadas al pliego, localizó el desvío que debía tomar para llegar a Naas y continuar luego hacia Athy y Carlow, ruta elegida con antelación. Una vez orientada, buscó los cigarrillos y encendió un Camel. Llevaba horas sin fumar y la calada le llegó hasta los talones. Al mirar el Dupont, evocó recuerdos de su procedencia. Aquel mechero había sido el último regalo de Óscar. Óscar Rivera de Montoya III. Un nombre rimbombante. Un nombre tan pomposo como él mismo, repitió una voz en el interior de su mente. No era mala persona, al contrario, se desvivía por satisfacer cada uno de sus caprichos. Quiere cazarte, niña, volvió a sonar aquella voz que la hostigaba de vez en cuando. Ella no era muy dada a que nadie costeara sus necesidades, y menos el hombre con el que intentaban casarla desde hacía más de cuatro años. Y con el que seguramente acabarás casada, si Dios no lo remedia y tú no tienes agallas suficientes para enfrentarte a todo el mundo, le habló de nuevo la voz.
Desde su nacimiento, dos años después de que destinaran a su padre a Madrid, ella había sido autosuficiente, como solía decir su madre, que juraba que le había arrebatado el primer biberón que intentó darle y lo había apurado casi sin ayuda, agarrándolo con ambas manos. Había salido de su casa a los doce años, para educarse en un colegio de Salamanca, y se había hecho más independiente. Y desde que su primer novio, a los quince años, traicionó su confianza acostándose con su mejor amiga, también más escéptica.
Tenía una sonrisa agradable, heredada de su madre y un genio vivo, a veces feroz, seguramente gracias a los genes de su padre y de su abuela, aunque él muchas veces decía, cuando discutían en broma, que su madre debía de haberlo engañado con algún otro, porque no llevaba nada de su sangre en las venas. Bueno, tenía el cabello, solía añadir luego: un glorioso cabello dorado-rojizo y unos ojos verde musgo que según él quitaban el hipo. Por lo demás, se consideraba bastante normal. Ahora que estaban de moda las buenas delanteras, Cristina tenía lo justo, tirando a poco, y no podía dejar de compararse con sus amigas, especialmente cuando éstas lucían camisetas sin mangas y escotadas que mostraban sus virtudes de modo descarado. Ella apenas podía mostrar nada. En alguna ocasión le aconsejaron que se operase, pero siempre se negó. Siliconarse no era lo suyo. Tenía lo que tenía y fin del tema. De todos modos, a pesar de considerarse poco dotada en ese aspecto, debía reconocer que poseía muchos otros atributos. Era guapa y atractiva, y causaba muy buena impresión. Aunque le gustaba vestirse bien, no se preocupaba en exceso por su apariencia externa, ni se obsesionaba por vestidos o por peinados.
Su trabajo la absorbía por completo. Aunque estudió letras y filología inglesa por inducción de su madre, lo que realmente amaba era las antigüedades y la pintura. Para poder dedicarse a ello, había finalizado el resto de sus estudios en la mitad del tiempo habitual, y con buenas notas. No se consideraba, sin embargo, una empollona. Simplemente se había quitado aquellas licenciaturas de en medio para centrarse en lo que realmente la fascinaba. De todos modos, debía reconocer que gracias a los conocimientos adquiridos y a los idiomas que dominaba, había conseguido el trabajo que ahora tenía.
La independencia y, sobre todo, demostrar que era capaz de mantenerse sin echar mano del «dinero de papá y mamá», era primordial para ella.
Y allí estaba, en la hermosa Eire, que siempre deseó conocer, contratada por un tal Kevin Dargo Killmar que, según le dijeron, tenía el título de conde, tres castillos, una asquerosa fortuna y cierta prisa por saber en cuánto se tasarían unas piezas que engalanaban una de sus propiedades.
Un vehículo la pasó por la derecha y se le cruzó delante, tan rápido que la obligó a dar un volantazo.
—¡Imbécil! —gritó ella en español—. Está visto que hay idiotas en cualquier parte del mundo. —Ya bastante complicado resultaba acostumbrarse a conducir por la izquierda como para, además, tener que esquivar a locos.
Se había empapado de información sobre Irlanda antes de emprender el viaje y, además, llevaba consigo cuatro guías turísticas. La llanura central era una vasta extensión rodeada de relieves montañosos, no muy elevados. La erosión había desgastado lentamente las montañas, dejando al descubierto en algunos puntos su cono granítico. El verde lo dominaba todo, y el azul del cielo contrastaba de forma deliciosa con las montañas que se veían a lo lejos. Sabía que existían numerosos lagos: Allen, Ree y Derg, en el curso de los ríos Shannon, Conn, Mask y Corrib, en Connacht. Lo primero que deseaba ver en cuanto finalizase el trabajo encomendado eran los acantilados de Moher, en el condado de Clare, que alcanzaban en algunos puntos 120 metros de altura y en otros los 200. Había leído que se los conocía también como «los acantilados de la ruina» y que no eran otros que los filmados en La princesa prometida, donde se llamaban «los acantilados de la locura». Desde que viera la película por primera vez —y habían sido varias—, se había enamorado del paisaje.
Únicamente iba a echar de menos el sol de España. Habría preferido que los vientos de la isla, húmedos y con bastante frecuencia violentos, no soplaran demasiado acercando las temperaturas a cero. La acompañaba un cosquilleo de satisfacción al pensar que iba a alojarse en el interior de un castillo medieval, arrullada por el ulular del viento y el golpeteo de la lluvia contra sus muros. La imagen le pareció idílica y romántica, y sintió un latigazo de excitación, como si estuviera a punto de emprender una aventura en la que sería la protagonista.
Como si el clima hubiera escuchado sus temores, comenzó a llover dificultando la visibilidad, y ella activó el limpiaparabrisas. Apagó el cigarrillo y encendió otro. Cuando estaba un poco nerviosa caía en la estupidez de fumar más de la cuenta.
—Tengo que dejarlo —dijo en voz alta—. Tengo que dejarlo de una puñetera vez.
Llevo mil años escuchando esa frase, incordió su otro yo.
Había leído que las precipitaciones en Irlanda no eran excesivas debido a la baja altitud de las montañas, pero, al parecer, aquel día iba a resultar especialmente contradictorio con las guías de turismo. La lluvia arreció y Cristina se concentró más en la conducción, si cabía.
Tampoco esperaba gozar de sol, y menos aún en aquella estación del año. Irlanda no era España, y las tres quintas partes de la isla solían tener unos 225 días de precipitaciones al año. Sería todo un logro que viera aparecer el astro rey alguna vez mientras durara su estancia.
A su derecha distinguió caballos y ganado ovino, del que Irlanda no estaba escasa. Por algún extraño motivo, aquellas ovejas que se empapaban a la intemperie le recordaron de nuevo a Óscar. Decidió olvidarse de su prometido —¡prometido, qué horror! La palabra le sonaba agobiante, pero tenía que reconocer que lo era a su pesar— e hizo a un lado su imagen, mentalmente.
Iba a dedicar todo el tiempo a trabajar con ahínco, a disfrutar de las maravillosas antigüedades y pinturas que esperaba le proporcionara el castillo de Killmarnock y a demostrar que era una verdadera experta en la materia. Ya había probado con creces que lo era, y su jefe, César Freige, la tenía en gran estima, pero ella insistía en demostrar, día a día, que podía superarse.
Según devoraba millas iba admirando viejas casas rurales pintadas de blanco y con techos de paja, las ruinas de alguna abadía o los muros de olvidados monasterios que hacían frente al tiempo.
Comenzó a notar que le molestaba la espalda, así que buscó un restaurante de carretera y aparcó. Era grande y tan aséptico como un hospital, con mostradores y mesas de formica clara. El olor a comida prefabricada le desagradó, pero era lo que había. Se dirigió al self-service, eligió un sándwich vegetal, una botella de agua y café, pagó y buscó un cartel que habilitara una zona de fumadores. Ocupó una mesa en el lugar más apartado, junto a los ventanales. Devoró el sándwich de tres bocados y se fumó otros dos cigarrillos, al tiempo que bebía el horrible café y revisaba de nuevo una de las guías que adquiriera en la calle de Serrano, de Madrid.
Cuanto más leía sobre Irlanda más fascinante encontraba aquella isla que invadieron los celtas; a la que san Patricio convirtió al cristianismo y en la que Lionel, duque de Clarence, promulgó en el año 1366 los estatutos de Kilkenny, que limitaban la opresión a que los sometía Inglaterra; donde los ejércitos de Cromwell sofocaron la rebelión contra los protestantes y el dominio inglés, allá por 1649, y donde se excluyó a los católicos de la vida política en 1697.
Cristina volvió al Rover con renovados bríos, la botella de agua y la guía bajo el brazo, y su mente se disparó de nuevo imaginando el castillo en el que viviría, al menos, durante un par de semanas. ¿Tendría puente? ¿Foso? César únicamente le había adelantado que era una construcción del siglo XI, al parecer magníficamente conservada, y que abría sus puertas a los turistas dos veces al mes; las visitas se limitaban a una parte del castillo que no incluía las habitaciones personales, las cocinas ni la cripta.
¡Cripta! Cristina asoció este nombre a los cementerios, que siempre le provocaban sensación de desasosiego. Y una cripta no era ni más ni menos ue un cementerio familiar.
Conectó la radio, inhalando el suave olor a manzana que emanaba del ambientador colocado sobre una de las rejillas de ventilación, ahuyentando tan lúgubres pensamientos y recibiendo a los Beatles, que invadieron la cabina con su Let it be. Comenzó a tararearla sin darse cuenta, con cientos de cabezas de ganado a derecha e izquierda, como testigos mudos, pastando en aquella alfombra verde que era Irlanda.
Afortunadamente, la lluvia amainaba.






61 comentarios:

amor y libertad dijo...

cristina supongo que es cristina pero que te identificas con ella, según escribes te imaginas a ti misma en su papel, ¿a que sí?

un saludo, y ánimo, tiene interés, y la atmósfera es romántica, atractiva

NUR dijo...

ME ENCANTO CUANDO LO LEI Y ME LO LLEVARE DE VACACIONES PARA VOLVER A LEERLO.

DARGO ES MUY MUY ESPECIAL.

BESAZOS

Anónimo dijo...

A veces una descripción te transporta a un espacio de sueños.
Los encuentros de un alma atormentada con el espíritu joven de una mujer vitalista retratan códigos anímicos con los que todos podemos identificarnos en ocasiones.
¡ Qué sorpresa de novela y qué ritmo descriptivo !
Si ésta es tu primera novela, por favor, ¡¡¡ continúa !!!

almena dijo...

Voy a comprar tu novela. Y voy a hacerlo porque me ha encantado el modo en que te adentras en un espacio rural donde se enmarca esa campiña que parece mostrar el lado más humano de una mujer que parece
abrirse al destino.

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias por darme ánimos con vuestros comentarios. Gracias por leerme.

Un abrazo.

Bego dijo...

Me encanta, en cuanto lo vea pienso comprarlo.

Anónimo dijo...

¿Qué se puede decir de este libro?
Yo lo he leído y lo he vuelto a leer.
Dargo es un personaje condenado que sufre, que se odia a sí mismo en algunos momentos por no haber estado en su lugar para defender a su familia.
Cristina es una mujer moderna, como nosotras, capaz de enfrentarse a todo.
Me encantó y lo recomiendo.

CARLOTA

Anónimo dijo...

Me gustó mucho cuando tuve ocasión de leerlo. Ese Dargo....

Ronda dijo...

Me gustó tanto su lectura que cuando acabé la última página me dije, ¡ya está! ¿cómo que ya está?....quería leer más.
Es fantástico.

Anónimo dijo...

Compré este libro por casualidad y no esperaba mucho de él. Fue toda una sorpresa. Me gustó de principio a fin. Enhorabuena. Lo que ahora me gustaría saber es para cuándo podré leer otro tuyo.

Un beso

Coni

Anónimo dijo...

He preguntado en varios establecimientos y no puedo encontrar este libro. Lo he leído este verano porque me lo prestó una amiga, me encantó y quiero tenerlo ¿es que ya no se vende?

Ana Mesa

Antonio dijo...

No he podido encontrar tu libro. Parece mentira que las editoriales hagan tiradas espectaculares de verdaderos bodrios y que de buenos libros, por lo que he leido en tu blog, solo hagan una tirada "numerada". A lo mejor es que solo lo han publicado para colecionistas, como los buenos vinos, y la gente normal no tenemos derecho a un buen libro. Es una lástima que me tenga que quedar sin conocer el final por una mala previsión de la editorial, pero no doy por terminada la búsqueda.

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias nuevamente por vuestros comentarios.

Algunas personas me han comentado que es difícil encontrar el libro, sin embargo sé que si lo encargas en cualquier sitio, en unos pocos días te lo consiguen.También es fácil encontrarlo en cualquier librería on-line.

Próximamente pondré un enlace para adquirirlo desde este blog.

Un abrazo a todos.

Anónimo dijo...

Ahhh, pues con el de Orgullo sajón me he quedado con las ganas de seguir leyendo, pero este voy mañana mismo a comprármelo.

Lo mismo este libro que el otro, el de orgullo digo, enganchan desde el principio. Jo, he encontrado este blog de casualidad y veo que no voy a salir en toda la tarde, jejejeje

Anónimo dijo...

Cuando leí los dos primeros capítulos en El Rincón Romántico, ya supe que tenía que leer este libro. Lo compré según salió y lo guardo como uno de mis favoritos.

Muy buen libro, Nieves... ¡¡pero quiero otro ya!!

Pilar

Anónimo dijo...

Entre lo que he leído en tu blog y estos dos capítulo, voy a buscar tu libro mañana mismo. ¡Qué ganas me han entrado de leerlo!

Un beso,
Teresa

Anónimo dijo...

Por fin me hice con el libro y me lo leí de una sentada ¡¡me ha encantado! ¡¡YO QUIERO UN DARGO!!

Saludos
Maribel

inma dijo...

Hola Nieves, ya me he enganchado al libro con lo que leí asi que pretendo comprarlo en cuanto me sea posible. Un saludito

Nieves Hidalgo dijo...

Nuevamente os agradezco vuestras palabras y vuestras muestras de cariño. Sois estupendas, de verdad.

Un millón de gracias y un millón de besos.

Anónimo dijo...

Hola Nieves, acabo de terminar de leer tu libro y tengo que decirte que estoy encantada. Es uno de los mejores libros que he leído este año. Una preciosa novela romántica, original tierna y maravillosa. Me han encantado los diálogos, Cristina una chica tan de hoy, y ese Dargo que es un pedazo de tío. Gracias por hacerme pasar tan buen rato. La compré desde tu blog y por las críticas que leí aquí. Espero tu próxima novela con muchas ganas. Tienes en mí una seguidora fiel.
Te deseo mucha suerte.
Un abrazo.
Nuria Peña

Anónimo dijo...

Felicidades, Nieves, me ha gustado muchísimo. Espero con muchas ganas un próximo libro tuyo.

Saludos.
Carmen

alicia dijo...

¡Ya lo tengo, ya lo tengo! Por fin lo conseguí en La casa del libro y ya me ha llegado a casa. Lo voy a empezar ahora mismo. Sé que me va a gustar porque muchas chicas me lo han recomendado.

Un beso
Alicia

Anónimo dijo...

Vengo a dejarle mis felicitaciones por su libro. Me ha parecido estupendo. Lo que más me gusta de un libro es que no decaiga desde la primera página y eso usted lo ha conseguido con brillantez. La historia es estupenda y los personajes también. Espero con ganas su próxima novela.

Un cordial saludo.
Trinidad

Anónimo dijo...

Me encantó el libro y aún lo recuerdo con cariño. Lo tengo entre mis favoritos y lo he regalado ya dos veces.
Un abrazo y muchos éxitos.

Helena

Anónimo dijo...

Me lo regaló mi novio porque le gustó la chica de la portada, cuanto me alegro porque descubrí a una autora estupenda y una tierno y entretenidísima novela. La protagonista es fantástica pero ese Dargo es de infarto.

¡Enhorabuena! espero que publiques todo lo que tienes aquí y mucho más.

Ana María

Anónimo dijo...

Tu libro es el último que he leído este 2008. Ha sido una verdadera satisfacción después del fiasco de la mayoría de los libros que han caído en mis manos. Felicidades. Por fin una autora española que me satisface en novela romántica.
Espero con ganas tu próxima publicación y te deseo un muy feliz año 2009.
Saludos
Irene Martos

Laura dijo...

Me encantó tu novela. Espero la próxima con muchas ganas.

Un abrazo

Anónimo dijo...

Hasta ahora no había tenido tiempo para pasarme a decir cuánto me ha gustado el libro ¡¡FANTÁSTICO!!

Mis más sinceras felicitaciones por imaginar una historia tan bonita y compartirla con nosotras.

Un abrazo,
Alicia

eva dijo...

Acabo de terminar el libro. Se lo pedí a los reyes y ha sido empezar a leerlo y no he podido parar. Me ha gustado mucho.
No sabía del libro hasta que descubrí este blog. Me animé a ponerlo en mi carta y no me arrepiento en absoluto, menos mal, porque a la persona que me lo ha regalado le ha costado un montón encontrarlo.
Felicidades y un saludo cordial.
Eva

Anónimo dijo...

Felicidades por una novela tan entretenida. Te deseo muchos éxitos. Estaré pendiente de tus nuevas publicaciones pues tu primer libro ha sido una sorpresa muy agradable.

Saludos
Alba

Anónimo dijo...

Felicidades, Nieves. Lo he pasado fenomenal leyendo tu novela.

Un saludo
BELEN

Anónimo dijo...

Felicidades por la novela, me ha parecido preciosa, sencilla, de fácil lectura, con diálogos ágiles y un planteamiento original. No hace falta dar cuarenta mil vueltas para entretener al lector, ni buscarle punta a las cosas para que un libro nos regale unas horas de lectura amenas y entretenidas.
Cuenta conmigo para salir corriendo a comprar el próximo libro que publiques.

Saludos,

Nika

Anónimo dijo...

Felicidades por este estupendísimo libro. Ha sido una grata sorpresa descubrirte como autora. Estaré pendiente de nuevas publicaciones tuyas.

Un saludo
MªAntonia Iborra

Anónimo dijo...

He disfrutado muchísimo con la lectura de este libro. Enhorabuena. Espero impaciente su próxima novela.
Saludos
Beatriz Parra

Nieves Hidalgo dijo...

Me sorprende y me emociona ver los comentarios que seguís dejando aquí. Estoy encantada de que os haya gustado mi libro y espero que Orgullo sajón, mi próxima novela, os guste tanto o más que Lo que dure la eternidas.

Nuevamente mil gracias a todos.

Un abrazo.
Nieves

Alexia Stark dijo...

Hola Nieves!
Ayer me terminé de leer el libro y me ha encantado!
Empezaba a preocuparme, ya que cada vez tenia las expectativas más altas y eso no suele ser bueno, ya que al final no logran estar a la altura, pero por suerte no ha sido este el caso.
Lo empecé a leer el sábado nada más recibirlo y ya no pude soltarlo, en dos tardes me lo terminé y eso que intente hacer otras cosas, hacer que durara un poco, pero nada, chica que no había forma de soltar el libro, al nada de dejar el libro tenía que volver a él para continuar xD

Un fin, muchas felicidades, ya que ha estado genial y se ha subido de golpe al podium de mis mejores novelas románticas.

Un beso y a esperar Orgullo Sajón con ganas!

Anónimo dijo...

Hola Nieves, he leído Lo que dure la eternidad porque un día de casualidad caí en este blog. Me llamó la atención la trama de la historia y los comentarios tan estupendos que tenía el libro. Seguí indagando y en general había gustado mucho. Bueno pues me uno a la opinión de la mayoría, el libro me ha encantado y espero con muchas ganas tu próxima novela que además por lo que veo saldrá en breve.
Enhorabuena por tan buena historia y te deseo muchos éxitos y que publiques todas las novelas de las que nos pones trocitos aquí, todas tienen una pinta estupenda.

Saludos,

Maria José

Alexia Stark dijo...

Hola Nieves!
Mira, le he dedicado una entrada al libro, espero que te guste, un beso!

http://univers-alexia.blogspot.com/2009/03/lo-que-dure-la-eternidad.html

Nieves Hidalgo dijo...

Nuevamente os vuelvo a dar las gracias por los comentarios y correos que me seguís enviando.

Alexia ¡¡un millón de gracias por tu post!!

Un abrazo a tod@s.

Annik dijo...

¡Maldita sea! Son las 4 de la mañana y no he podido parar hasta acabar de leerlo. ¡ES INCREÍBLE! De verdad, mis felicitaciones.
Escribo desde casa de mi hermana, en Francia (somos ambas españolas jaja). Miré entre sus libros para leer uno y Lo Que Dure La Eternidad me llamó la atención por el título (y porque es uno de los pocos libros que tiene en español). Lo cogí, leí la sinopsis y entonces recordé que mi hermana me había recomendado el libro diciendome que "es una pasada". No tenía mucha esperanza porque a mí de normal no me gustan los libros con cosas del tipo fantasmas, edad medieval y cosas así... Pero empecé a leerlo y me he quedado flipada de veras.
Algo que no he leído todavía por aquí (no sé si por vergüenza o qué) son referencias a las escenas de contenido sexual. De verdad, ¡felicidades por eso también! Madre de Dios... jajajajaja Gracias, gracias, gracias!! GRACIAS!!! jajajaja
El libro es increíble por todo. Los personajes (Duncan -aparte de Dargo, claro- me cae especialmente bien jajaja Es muy gracioso), la trama, la documentación (y la imaginación con la que te has inventado hechos historicos), la narrativa.... Todo.
Además, supongo que esto le debería halagar a más de un escritor, es que me has servido de inspiración de alguna manera. Yo también soy de esas personas que intentan escribir cosillas aquí y allá, pero más por afición que por oficio. Llevaba unas semanas atascada, y esto me ha hecho recobrar la inspiración de algún modo. Quizá debería decir, más bien, las ganas de escribir.
De verdad, enhorabuena por el libro y muchas gracias!

Un saludo,
Ani.

Yaiza dijo...

Hola Nieves, sabia que me iba a gustar esta novel, la estube buscando y no la encontré, la verdad que fui solo a dos sitios, y al final compré orgullo sajón.
Pero tengo que comprarme esta, que veo que me engancha pero ya.
Aun no he leido orgullo sajón por eso no te puedo decir, tan solo un capitulo y me gusta.

Besos.

Saya dijo...

Hola, Nieves

Por aquí estoy de nuevo.
Wow Amaneceres me gustó, pero esta... está también m eatrapó hasta el final!!!

Me encanta Dargo, creo que estoy enamorada, jeje ;)
Es una lástima que Killmarnock no exista, porque me encantaría visitarlo!

Otro libro que seguro que le paso a mi madre para que se lo lea... aunque esta vez seré yo la que reclame a Dargo, que cuando leyó Amaneceres quería que le dijera donde estaba "su" Carlos... jajajaja

Muchos besos y felicidades por esta estupenda novela!

Nieves Hidalgo dijo...

Hola, Saya.
me das una alegría diciendo que te has enamorado de Dargo y que vas a buscarlo.
¿Tu madre quería saber dónde estaba "su" Carlos? jajaja, debe ser una mujer estupenda.

Muchas gracias por comentar las novelas, eres un encanto.
Te mando un beso muy fuerte y otro para tu madre.
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Espero que esta respuesta no se pierda, porque ahora estoy viendo que no sale la que les di a Annick y Yaiza.
Buenos, os quiero a todas, que lo sepáis.

miriam dijo...

awwww me encanto el libro al menos dos capitulos y lastimosamente queria leer mas pero sorprendente se acabo...
quisiera saber en que donde lo puedo conseguir libreria o algo apor el estilo . o algun link que donde pueda leerlo online
se te agradeceria mucho!
me encanto el libro!

Nieves Hidalgo dijo...

Hola, Miriam.

Los dos capítulo que te pudiste leer son los de promoción, para que tuvieras una idea de qué iba la historia. Los cede la editorial.
En Navlan seguramente tendrán algún ejemplar aún. O en la Casa delLibro, Fnac o El Corte Inglés.
Si nolo encuentras en ninguna parte, dímelo y trato de hablar con la editorial.
Te pasomi correo particular:

nhidalgodelacalle@hotmail.es

Un beso muy fuerte

leam dijo...

Lo pase en tensión, me fascinab el fantasma, además me sorprende siempre el final. Cuando dispongo de un ratito lo primero que hago es coger el libro para saber que pasa más tarde. Me engancha el contenido y , y me siento nueva y revivo a pesar de mis años.

23amparomd dijo...

Lo pase en tensión, me fascinab el fantasma, además me sorprende siempre el final. Cuando dispongo de un ratito lo primero que hago es coger el libro para saber que pasa más tarde. Me engancha el contenido y , y me siento nueva y revivo a pesar de mis años.
Saludos Amparo

Nieves Hidalgo dijo...

Leam, siento no haberte contestado antes pero nome había saltado tu comentario.
Gracias por decir que te gustó. Y gracias en nombre de Dargo, que seguro que se pone más gordo de contento.

Mil besos.

Nieves Hidalgo dijo...

Amparo, ahora sí que me ha saltado tu comentario con otra entrada.
¡Qué jaleo! jajaja

Bueno, pues te mando otro beso enorme,preciosa.

V. Lauridsen dijo...

¡Hola!
Me acabo de leer el libro, tardé menos de dos días en hacerlo, me lo regaló mi tía, y bueno, me encantó.
Es muy bonito, y vi esta página y no pude evitar comentar para decirlo. Me encanta leer y escribir desde que era muy pequeña y no sé... No paro de leer y escribir en estos días, es algo que me encanta, me cuesta creer que haya tanta gente que ve el leer como algo extraño, lejano, u odioso. Lo que dure la eternidad me gustó mucho y ojalá algún día yo logre también hacer algo tan bueno.
Quiero darte las gracias, por crear una historia que no solo me ha gustado mucho, si no que me ha metido de lleno en ella, que es lo que a mi me gusta.
Un beso. Te deseo lo mejor y que sigas sorprendiendo tanto a todas las lectoras.

Nieves Hidalgo dijo...

Hola, Lauridsen.
Primero, gracias por leer la novela y decirme que te gustó.
Y después, es un placer contactar con personas a las que les encanta escribir. No abandones tus ilusiones, que todo llegará.

Un beso enorme

Anónimo dijo...

Nieves: me encantó la historia, está super bonita,no pensé que me fuera a engancharme poero el libro logró atraparme. mi hermana lo empezó a leer y ahora anda igual que yo.bueno pues ya tienes fans mexicanas XD

Atte Raquel

Nieves Hidalgo dijo...

Hola, Raquel.
Muchísimas gracias por tu comentario.Me has alegradola tarde diciéndome que te ha atrapado la historia de Dargo y que le gusta también a tu hermana.Ojalá lleven allítodos los libros,aunque ahora ya los tenéos por ebook.

Muchos besos a las dos

jennifer salas dijo...

He quedado atrapada en esta historia pues mi pasión siempre ha sido Irlanda y en este libro describe de forma casi mágica los paisajes mil gracias por regalarnos esta obra maestra aun estoy en la búsqueda del libro aqui en Venezuela pero no he tenido buenos resultado espero que en mi próximo viaje a España tenga la oportunidad de comprarlo y seguir deleitándome
un saludo y seguiré en mi búsqueda
saludos

Westlife Venezuela dijo...
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Nieves Hidalgo dijo...

Hola, Jennifer,
No sabes lo que lamento que no os lleguen bien las novelas. Es un tema de las editoriales, parece que la editora de allídebe pedirlas a España y no admiten que se las mandan sin más.
Me encanta haber podido hacerte soñar un poquito con Irlanda porque es cierto, es un país mágico.
Gracias por tus cariñosas palabras. Espero seguir contando contigo.
Miles de besos

Marie dijo...

Hola Nieves :D quiero decirte que mi hermana y yo hemos amado este libro, y me gustaría que pasaras por nuestro blog y me digas que tal la reseña, muchas gracias por publicarlo *_*

http://entrehermanaslectoras.blogspot.com/2012/09/resena-lo-que-dure-la-eternidad-nieves.html

Nieves Hidalgo dijo...

Hola Marie.
Muchísimas gracias por ocupar tu tiempo en hacer la reseña. Y por enamorarte de Dargo.
La pondré con las otras reseñas de la novela, con tu permiso.

Te mando un beso fuerte y otro para tu hermana.

Marie dijo...

Me Encantaria :D

muchas gracias por tomarte tiempo para tus fans :D no muchos autores lo hacen.

Artisa dijo...

muchas gracias por el libro, me ha encantando... te dejo la reseña que he realizado

http://entrelibrosopina.blogspot.com.es/2013/02/lo-que-dure-la-eternidad-nieves-hidalgo.html

un beso

Nieves Hidalgo dijo...

Artisa,

yo soy la que te da las gracias por haber leído la novela y por la bonita reseña que has hecho en tu blog.
La mando para que la enlacen en el mío, con tu permiso.
Espero entretenerte con otras de mis aventuras.

¡¡Gracias!!

Y mil besos.